La culpa es de Diego que dijo un día:
– Yo para mi cumple quiero un camaleón.
– ¿Qué?
– Que quiero un camaleón.
-¿ Y eso que es?
Y el problema no es lo que es. El problema es lo que come. Porque el día que fui a preguntar qué coño come un camaleón, la niña de la tienda muy contenta me alargó una caja de cartón cerrada y me dijo:
-Esto.
El caso es que yo noté que dentro de la caja había como movimiento y cuando la abrí, me encontré que estaba llena de cucarachas pequeñas y asquerosas. Vivas, por supuesto.
-Tú le metes cada día una y el camaleón se la come. Pero viva ¿eh?
Y entonces yo me mareé. Le di la caja sin decir nada y salí de la tienda dando tumbos. Le dije a Diego que casi que le compraba un perro.
Uno de esos días vi que Valentino tenía una corte de carlinos. Eran perros pequeños a los que vi fotografiados en perfecta formación en un sofá del diseñador. Se lo enseñé a Diego.
-¿Quieres un carlino?
Y no sé por qué acabamos en Arévalo. Y Diego tuvo su carlino.
Y luego el carlino se casó y tuvo hijos (seis) y cada año se ve con la mujer y hacemos una pequeña fiesta y los carlinos comen y charlan de sus cosas. Tan campantes.
Claro que uno de esos también se ha quedado con su padre.
Este es Jerry
Y lógicamente, este Tom
Los dos forman parte del club del carlino.




