BONAPARTE

NAPOLEON

A principios del siglo XIX, un personaje sacudió Europa de forma violenta. Dicen que era un tipo de corta estatura, pero de muy malas pulgas. Un tirano con cojones. Nació en el 69, mil setecientos, en Ajaccio, Córcega, y ya se sabe que los corsos son muy particulares. De joven leía a Raynal y hacía suyos los reproches a los ciudadanos de los pueblos sometidos:

“¡Pueblos débiles, pueblos estúpidos, puesto que la continua opresión no os da ninguna energía, puesto que os mantenéis en gemidos inútiles cuando podríais rugir, puesto que sois millones y soportáis que una docena os dirijan a su gusto, obedeced! Y no importunéis más con vuestras quejas. Aprended por lo menos a ser desgraciados ya que no sabéis ser libres”.

El caso es que, como no le faltaba razón, se lo tomó en serio. Y después de dirigir a los ejércitos y aniquilar a egipcios, italianos y austriacos, se llegó a las tullerías y pegó un golpe de estado. París era suyo. Y según las crónicas casi parece que lo hiciera él solo: “Napoleón cubre todos los frentes a la vez: resiste, bloquea las entradas de la ciudad, negocia, arenga, dirige, mientras prosigue hábilmente las negociaciones con las autoridades”. “¿Quiénes son?,¿Qué han hecho para obligarlo a obtener su aprobación? El es quien consagra y confiere la gloria y el honor. Y que jamás le impidan ser lo que es y hacer lo que desea.”

Y el tío lo tiene claro: “¿No ha demostrado ya que nada le resulta imposible?, ¿Qué basta con querer, querer obstinadamente, apasionadamente, para poder?, ¿y que la fortuna, cuando se confía en ella, dispone sus piezas de modo favorable en el gran ajedrez del mundo?”.

Pues eso, como para llevarle la contraria.

Y entonces se hizo el amo de Europa, organizó y deshizo a su antojo, durante años. Se coronó emperador, delante del mismo Papa, y luego también de Italia. Eso sí, se dio la hostia delante del inglés  Nelson, marino eficaz obsesionado con hacerle la peineta al corso cada vez que quiso cruzar el Canal de la Mancha.

Pero eso sería más tarde. Porque mientras tejía su imperio y diseñaba la gran Francia, sólo una cosa le daba miedo. Algo que no controlaba, que no domeñaba y que le inquietaba. Un asunto que le tenía a mal traer. El poder del dinero. Los bancos, los financieros. Y como si fuera una profecía de los tiempos venideros, el corso, el tirano, el gran hombre, dejó una reflexión magistral que recoge el historiador francés Max Gallo y que ha sobrevolado el XIX, el XX y nos envuelve en nuestro singular arranque del siglo XXI:

“A Luis XVI, y a Robespierre en el otro extremo, los decapitaron por problemas económicos. Los banqueros son los que, en la sombra, dirigen los mecanismos de la guillotina”.

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