Stendhal decía que la escritura no debía ser un oficio a tiempo completo. Nadie sabía muy bien a qué se refería pero releyendo a John Cheever da la impresión de que toda una vida no es suficiente para redactar la cantidad de páginas que componían su obra. Y no estoy hablando solamente de sus libros y los brillantes y a veces demoledores cuentos, sino de los voluminosos diarios. Año a año, día a día, recogiendo impresiones, a veces incomprensibles, pero siempre impecablemente trabajadas. Es sorprendente que no haga una mínima concesión estilística teniendo en cuenta que, en principio, eran textos destinados exclusivamente a él, pues tardó mucho tiempo en decidirse y pedirle a su hijo Ben que los publicase después de su muerte. Pero lo dicho, una obra mastodóntica y sin embargo escrita a ratos, antes de que el exceso de alcohol le llevara a cabecear más de la cuenta sobre su Olivetti. Me hace gracia porque leo una entrevista de Joseph Berger con su mujer Mary en la que, sin darle demasiada importancia al asunto, comenta que su marido escribía solo por las mañanas, ya que las tarde las solía pasar borracho de ginebra:
«En aquellos días, las personas bebían siempre mucho más de lo que lo hacen ahora», dijo la señora Cheever con una risita. «Suena sorprendente ahora, pero no fue sorprendente entonces.»
Desde luego. Esta afirmación que parece desconcertante no le es tanto si, sencillamente, te pones la tele y ves un capítulo de Mad Men, donde se recrea una agencia de publicidad en el Nueva York de los años sesenta y en la que Don Draper y sus amigos bebían como cosacos, tirándose al carrito de los licores no bien entraban en la oficina, después de arrojarle la gabardina a la secretaria de color, que de inmediato se largaba a por un café, meneando las caderas.
Cheever, hedonista, elegante, refinadamente culto y borrachín, escribió unos diarios de una lucidez asombrosa que debieron abrir heridas profundas no solamente a su pobre Mary sino también a sus hijos, a los que cita casi de casualidad, en las más de mil páginas en las que hace repaso de sus cotidianos delirios, su lucha permanente con la literatura y sus dos grandes tormentos íntimos, el alcoholismo y la bisexualidad. Porque recordemos que Cheever despreciaba a los gays y sin embargo acabó sus días en brazos de un fornido acompañante mientras se moría de un cáncer de riñón. Y paradójicamente lo hacía sobrio, después de haberse sometido a los sesenta y tantos años a un proceso de desintoxicación de más de cuatro semanas. Lo metió en la clínica a a la fuerza Mary Cheever y el hombre hasta intentó tirarse del coche que le llevaba, tales eran las ganas que tenía de dejar definitivamente la botella. Pero la gente de Alcohólicos Anónimos ganó una vez más la partida y el escritor vivió sus últimos años en paz con su hígado y en mayor armonía con sus semejantes. Y entonces, tuvo más tiempo para escribir.
