Honoré de Balzac (Tours 1799 – París 1850 ) está considerado uno de los grandes maestros de la Literatura Universal. Autor de una obra inmensa, en poco más de veinte años escribió setenta y cuatro novelas, además de dramas, cuentos y un sinfín de artículos periodísticos. Conquistó muy pronto la gloria y, sin embargo, vivió siempre entre deudas, acosado por la ruina.
“La comedia humana” está catalogada como una obra maestra por su capacidad insólita de reproducir hasta en sus más mínimos detalles los usos y costumbres de la Francia post Imperial de Napoleón. Pero, además, Balzac era un trabajador infatigable, con una perseverancia grandiosa, capaz de tenerle amarrado al escritorio dieciséis horas diarias trabajando en el diseño, redacción y corrección de sus obras.
Fue famoso, muy reconocido en su tiempo. Popular, sus novelas eran consumidas con auténtica devoción; sus entregas esperadas de forma ansiosa por un público entregado a su talento y su inmensa capacidad de producción. Balzac se convirtió en un habitual de los salones más célebres de la época. La aristocracia se lo disputaba, las duquesas solicitaban de forma histérica su presencia, ganaba dinero a raudales.
Y, sin embargo, Balzac estuvo siempre acosado por las deudas, sin dinero, sin ahorros, sin capital.
¿Cómo pudo Balzac llegar a esta situación incomprensible para un escritor famoso y reconocido?
Para entenderlo hay que retroceder en la historia y comprender al personaje. Dotado de una confianza absoluta en sí mismo y en sus capacidades, Balzac siempre estuvo dominado por una ambición determinante: hacerse rico. Y para ello, buscando la manera más rápida de conseguirlo decidió desde muy joven meterse en negocios. El primero de ellos, fue el de editor, arrancando con una pretenciosa emisión de la obra completa de Moliere, producción que decide financiar él mismo mediante préstamos. Lo hará solo, sin socios y sin asesores, desconociendo el negocio y la forma de llevarlo. Ante la falta de ventas y acosado por los acreedores, conseguirá vender sus carísimos volúmenes a un editor de provincias que no le paga en metálico, sino que libra una letra a su favor que, cuando Balzac le exige el pago, lo hará en especie, con una edición de manuales de pésima calidad que no valen nada. El desastre económico está consumado. Posteriormente funda una imprenta que solo da pérdidas y, a fin de compensarlas, crea un periódico también por él financiado y editado de forma caótica, que fracasa estrepitosamente mientras contrae deudas para pagar otras.
En su espléndida biografía, “La novela de una vida”, Stefan Zweig cuenta: “El mismo Balzac, sin amanuense, sin administrador y sin consejero, dispone todos los contratos, todas las compras y ventas, todos los negocios y acuerdos, todas las declaraciones de deuda, notas promisorias y letras de cambio, todas las quejas y reconvenciones que se le dirigen. Cuida de las compras para la casa, hace personalmente los encargos a los empleados y a los proveedores, cuida de los bienes y aconseja las inversiones de la familia.”
El resto es historia. Balzac morirá con 51 años, convertido en un escritor famoso, pero sin conseguir pagar sus deudas, huyendo de acreedores y sin haber alcanzado jamás la tan ansiada estabilidad económica.
La historia está repleta de casos similares.
Oscar Wilde nació en Dublín, en una familia más que acomodada, y su trabajo y relaciones le hicieron muy rico. Sin embargo, murió en París absolutamente arruinado tras derrochar a conciencia todo lo que había ganado.
El escritor Emilio Salgari, autor de innumerables novelas de aventuras, decidió suicidarse acosado por la ruina económica. Engañado por las editoriales, sin asesoramientos ninguno, incapaz de gestionar sus ingresos, acabó tan afectado por el descontrol económico que a su mujer la ingresaron en un sanatorio psiquiátrico y él, incapaz de hacer frente a las facturas, decidió quitarse de en medio haciéndose el hara kiri.
El caso de Nikola Tesla es singular: científico estadounidense, revolucionó la industria eléctrica con múltiples inventos, cuyas patentes malvendió por precios ridículos. Cuenta M.E. Torres en un artículo para la revista ICON, que su principal prioridad fue siempre invertir todo lo que ganaba en nuevos inventos, más que asegurar la solidez empresarial de su propia empresa, Tesla Electric & Light Manufacturing, fundada en 1886. En 1907, una auditoría independiente aseguraba que las patentes que Tesla había vendido a Westinghouse por poco más de 200.000 dólares tenían un valor real de mercado superior a los 12 millones, que vendrían a ser 300 millones de dólares de ahora. Con semejante talento para los negocios, no es extraño que el científico se arruinase definitivamente poco antes de morir, en 1943.
En este mismo artículo, el autor habla del presidente americano Thomas Jefferson y cita una carta que escribe a un buen amigo suyo en los siguientes términos:
“La dignidad de mi cargo me obliga, ciertamente, a incurrir en gastos que no puedo permitirme”. El inquilino de la Casa Blanca intentaba justificar así dispendios tan extravagantes como los casi 10.000 dólares anuales (lo que vendría a ser alrededor de un millón y medio de euros al cambio actual) que se gastaba por entonces en vinos franceses, españoles e italianos con los que nutrir su bodega y agasajar a sus huéspedes.
¿Por qué utilizar estos ejemplos, algunos de ellos tan remotos?
¿Es que sus autores no conocían términos como la contabilidad?
Falso. La contabilidad es consustancial con el intercambio, el trueque, la sociedad organizada. Es casi tan antigua como la historia de las civilizaciones. Recordemos que en Egipto los escribas llevaban las cuentas de los faraones. Que luego llegaron los fenicios y perfeccionaron los elementales sistemas contables de la época; que los griegos ejercían un control absoluto de la administración pública, cuyos funcionarios encargados debían rendir cuentas.
Sin embargo, los realmente organizados, fueron los romanos, absolutamente escrupulosos con sus cuentas. Ya en el siglo I antes de Cristo se desfavorecía a una persona que fuera incapaz de fiscalizar contablemente su patrimonio. El libro más empleado era el de ingresos y gastos (“Codees accepti et expensi”). Los romanos más espabilados llegaron a perfeccionar sus libros de contabilidad de tal manera, que algunos historiadores han creído ver en ellos un primer desarrollo del principio de la partida doble. Pero no es cierto. Todavía quedaba algún tiempo para perfeccionar el asunto.
Aunque el origen de la contabilidad oficialmente queda circunscrito a la obra del franciscano Fray Luca Paccioli de 1494 titulado “La Summa de Arithmética, Geometría Proportioni et Proportionalitá”, los autores venezolanos Johan Castro, Asdrubal Ravelo, Jose Manuel Somoano y Kleimer Buitriago cuentan en su “Historia de la contabilidad” que en 1458 Benedicto Cotrugli hace referencia al término «partida doble» en el libro “Della mercatura et del mercante perfecto” , indicando que todo comerciante debe llevar tres libros : el mayor, con un índice, el diario y el borrador. Efectivamente en 1494 Fray Luca Paciolo explica la partida doble y trata todo aquello relacionado con los registros contables de los comerciantes, del inventario, del borrador, del diario, del mayor, de las normas para transportar los totales al folio siguiente del mayor, asimismo incluye pautas a considerar para descubrir errores cometidos en las registraciones.
En la revolución industrial y con las teorías económicas modernas, la contabilidad se convirtió en algo todavía más imprescindible. El aumento de transacciones, de compras y ventas, proveedores y demás, necesitaba de más agilidad y rigor. Es en este momento, con el liberalismo, cuando la contabilidad comienza a sufrir las modificaciones de fondo y forma que fijan los principios de contabilidad que actualmente están vigentes
En el siglo XX, hay compañías dedicadas a brindar soluciones de gestión financiera a pequeños empresarios y trabajadores por cuenta propia, facilitando la administración de sus negocios y el día a día de sus tareas tributarias. El alarde en la innovación actual llega cuando se busca el paso de procesos de escritorio a procesos en la nube, entendiendo las nuevas formas de negocio y la evolución del mercado. ¿Objetivo? Mejorar la calidad en servicios y productos para sus clientes.
La contabilidad es una ciencia social cuya finalidad es suministrar una información precisa que es de utilidad a los usuarios en la toma de sus decisiones, tanto para el control de la gestión pasada como para las estimaciones de los resultados futuros.
¿Por qué entonces la lista de personajes ricos y famosos cuyos devaneos contables les llevaron a la ruina, es tan inmensa? Y no me refiero a fraudes contables como los de grandes empresas (ENRON, PARMALAT) ni personajes como Bernard Madoff y sus pirámides donde se localizaron pérdidas de más de sesenta mil millones de dólares. No, hablamos de personas que, por falta de información, asesoramiento y control, llegaron a perder todo lo que tenían: escritores, actores, cantantes, deportistas, empresarios, etc.
¿Hasta dónde puede llegar la codicia? ¿Hasta dónde la ignorancia?
Durante los últimos cinco años, he tenido la oportunidad de entrevistar para un diario nacional a todo tipo de personas con éxito. Cada semana hablaba con un personaje relevante socialmente, personas que en su determinado ámbito habían conseguido el éxito. Les contaré, que más del 60 por ciento, en algún momento de la entrevista, en ese lugar dónde la intimidad se abre un hueco y las verdades se descubren, confesaron haber sufrido durísimos reveses financieros, y siempre por la misma causa: el desconocimiento, la ignorancia, el no querer saber, el no dejarse asesorar convenientemente. ¿Se acuerdan de Messi en el banquillo de los acusados diciendo aquello de “mi papá llevaba todo y yo me dedicaba a jugar al fútbol”? Pues lo mismo o parecido, pero en vez de papás, personal de su entorno, advenedizos, gente que se dice de confianza, ávidos de dinero rápido y abundante. Siempre la misma lamentación. Recientemente el diario El Mundo publicaba un extenso reportaje que explicaba la salida del astro portugués Cristiano Ronaldo del Real Madrid. Contaba con detalle los problemas del futbolista con el fisco español y en uno de los fragmentos explicaba como Ronaldo se indignaba, pues reconocía pagar mucho dinero a abogados y asesores para, efectivamente, no tener que preocuparse jamás de nada. Pero una cosa es dejarse asesorar y otra ignorar las más elementales normas de convivencia en un país civilizado, entre ellas, la obligatoriedad de cumplir con el fisco. Como dijo Benjamín Franklin, “en este mundo solo hay dos cosas seguras: la muerte y pagar impuestos”.
Por tanto, a veces es una cuestión de mezquindad, pero la mayor parte de ellas es consecuencia de burda ignorancia, la misma ignorancia que les lleva a ser engañados por seudo asesores, reconvertidos en delincuentes sin arma. Por no saber, por ignorar, por renunciar a comprender.
Por ello, hoy más que nunca, serían necesarios aplicar (casi desde la escuela más elemental), programas de alfabetización financiera y contable para los consumidores, de forma que cuando acudan al despacho de su asesor financiero o bien cuando hablen con su contable, tengan las mínimas nociones de conocimiento para comprender y saber que están en buenas manos.
Aunque, eso sí, convengamos como excepción a la regla, en que la historia acertó al evitar que un buen contable se cruzara en la vida de Balzac. Pues el bueno de Honoré solo pudo saldar sus deudas llenando hojas de manera desenfrenada con la tinta de su pluma. Afortunadamente para todos.
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