Al profesor George Steiner hay veces que se le entiende muy bien; otras, como a muchos intelectuales, filósofos, genios, no tanto. Sin embargo la solución la ofrece él mismo de manera deliciosa cuando explica la importancia de la educación, el aprendizaje, la cultura, con acceso para todos. Cuenta en su libro «Errata…» la primera vez que en una clase de filosofía escucha el nombre de un tal Martin Heidegger:
«Corrí a la biblioteca. Esa noche, intenté hincarle el diente al primer párrafo de «Ser y tiempo«. Era incapaz de entender incluso la frase más breve y directa. Pero el torbellino ya había empezado a girar, el presentimiento radical de un mundo absolutamente nuevo. Prometí intentarlo una vez más. Y otra. Esa es la cuestión. Llamar la atención de un estudiante hacia aquello que, en un principio sobrepasa su entendimiento, pero cuya estatura y fascinación le obligan a persistir en el intento. Una vez que un hombre o una mujer jóvenes son expuestos al virus de lo absoluto, sea arte, música o literatura, algo de su resplandor permanecerá en ellos. Para el resto de sus vidas y a lo largo de sus trayectorias profesionales normales o mediocres, estos hombres y estas mujeres estarán equipados con una suerte de salvavidas contra el vacío.»
Vale, perfecto. Incontestable. Entonces, abrumado de certezas, te quedas pensando. Y, cuando el ministro de educación Wert (en definitiva el gobierno que le respalda) sube las tasas Universitarias, reduce las becas, quita las ayudas para libros de texto, permite que se desangre la educación pública; ignora a los profesores, intenta engañar vilmente a los estudiantes que han viajado al extranjero; se engola hasta el vómito anunciando que en los próximos años se irán reduciendo progresivamente las ayudas a los que no tienen manera de completar su educación, te preguntas, ¿de donde han salido?, ¿a donde van y cómo es posible?
A fnales de los años 30, George Steiner se preguntaba por qué la cultura no se enfrentaba al fascismo o a los nazis. Setenta años después, todavía se lo sigue preguntando.
Afortunadamente aquí, no es el caso. Sin embargo, nosotros que dejamos atrás una dictadura, completamos una transición y nos hemos diplomado en democracia y modernidad, de pronto, nos encontramos con el anuncio bochornoso de una Ley de seguridad que viene a prohibir el descontento, a penalizar las protestas, a aniquilar la contestación al poder establecido.
Es insólito.
Como decía aquella pintada: «Cuando por fin teníamos las respuestas, nos cambiaron las preguntas».
