A Enrique Ponce no le cuadra la edad ni el cuerpo. Es tan discreto moviéndose que puede ser que no le veas cuando se acerca. Tiene un no se qué de chaval decidido que da la sensación de que estuviera buscando el balón para escaparse al barrio a jugar un partidillo. Fino, casi escurrido, nos hacemos una foto y tienes que buscarlo desaparecido entre nuestros hombros. Entiendo que burle a los toros como lo hace, los engañe y los despiste. Lo que parece increíble , teniendo al maestro cerca, es como es posible que pueda dominarlos como lo hace, que los obligue como los obliga, que los enseñe mientras bufan desesperados intentando encontrar a ese tío tan fino que escondido tras el trapo los mece y los lancea sin darles otra opción que la de aprender a ser buenos. Ese es el genio de Ponce, que a base de técnica y valor, tirando de oficio, hace grande a los toros y los enseña a embestir.
–He tenido suerte porque me han cogido mucho, pero me han pegado poco.
Reímos con la anécdota de su abuelo Leandro, cuando un Ponce niño de 9 años, ya becerrista, llegó a casa con varios puntos de sutura por un percance jugando al fútbol. El crío tenía que torear días después y el abuelo gritó indignado al verle: ¡¡Te he dicho miles de veces que no juegues al futbol que eso es MUY PELIGROSO!!!!
Le preguntas por las cornadas, por el miedo.
–Eso está ahí siempre. Viaja contigo. Pero no tienes que hacerle más caso que el justo. Digamos que es como una puerta que está entreabierta y a la que de vez en cuando te asomas. Ves lo que hay dentro y ya está, no quieres más. Se que ahí hay cornadas y cosas peores, que pueden suceder, que están. Pero ya he aprendido a convivir con ello y no le hago más caso.
Te hace esa declaración de escalofrío, pero él la maneja como una estadística. Como los cuatro mil toros lidiados, como los indultos, las plazas de todo el mundo, las cientos de tardes de gloria.
–El año que viene cumplo 25 años de alternativa. No digo yo que entonces me vaya a retirar, pero que la fecha está ahí. Y uno nunca sabe. Tendrá que llegar el momento. Y eso que estoy en mi mejor época de torero. Voy a las plazas que quiero, toreo a mi gusto. Tranquilo. Ya no tengo que enseñar nada a nadie. Lo que he hecho ahí está. Todos lo han visto.
-¿Tienen miedo los toreros?
–Mucho. Ten en cuenta que hay que echarle tanto valor para ponerte ante el toro que se te queda escaso para otras cosas de la vida,ja,ja. Yo no aguanto las películas esas de fenómenos extraños. Si estoy en casa solo y me suena el teléfono en el salón, yo te digo que no salgo de mi cuarto.
Te ríes sin creértelo, viéndole sereno, plácido, después de haber jugado con la muerte tantas veces. Lo miedos de verdad que habrá pasado este hombre en los patios de cuadrilla esperando los timbales. Pero tiene un gesto decidido cuando habla pausado, cuando mira lento. Guarda algo en lo más profundo de su ser que lo domina, el ímpetu de cumplir un mandato eterno, parece que divino, que desde muy pequeño le convirtió en torero. Y de ahí no puede escapar, ni quiere, a pesar de que a veces da la sensación de que tras ese hombre reservado, torero formal, casi solemne en su grandeza, se esconde el pícaro que espera que te des la vuelta para robar un balón y largarse al barrio a jugar un partidillo, dejándote con la entrevista a medias.

Leyendo cosas de Enrique Ponce, y es de Antonio Merida.
MEnsaje de Juan ANtonio de la Morena, Alcalde de Villamantilla.
Antonio si les el mensaje, ponte en contacto conmigo, en el Ayuntamiento.