DÍAS EXTRAÑOS

 

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Tamas Gaspar Ilustración

 

Voy corriendo con el grupo y a los 25 minutos me da una pájara monumental. Como si las piernas se descolgaran y me hubiera quedado sin sangre en las venas. Miro a un lado y a otro y veo a todo el mundo tan campante. Hacemos 50 minutos y vamos a un ritmo suave y cómodo que permite la conversación. Siento que voy a tener que parar, pero me dejo arrastrar por el grupo y alguien me debe ver la cara y me pregunta cualquier cosa  para obligarme a dejar de pensar en lo cansado que voy. Al cabo de unos minutos paso el trance y continuo.

 

Entra el verano de espaldas. Como sin querer. Con un aire tonto, muchas nubes y una temperatura que no sabes muy bien si hace frío o calor. Tiene su mérito. La primavera se retira dejando Benasque arrasada por las lluvias y el deshielo tardío. Todo el mundo se pregunta dónde se ha metido Mayo que no ha hecho sus deberes enlazando estaciones.

 

Son días extraños en los que  dicen que la crisis se acaba mientras los restaurantes de Madrid están vacíos, esperando el respiro del fin de semana. En la Cuesta Moyano el dueño de un puesto me comenta que viene gente vendiendo sus libros al peso. «Saco joyas por menos de un euro y eso me permite vender más barato. La gente está tiesa», me dice. Mientras Rajoy y Rubalcaba escenifican en Moncloa un pacto inverosímil sobre una mesita ridícula, que deja ver las piernas del presidente que se mueven nerviosamente como las del niño antes de la travesura. A ver como le engaño a este, parece decir mientas las rodillas le hacen ¡zis,zas! y Rubalcaba mira a los fotógrafos torciéndose un poco hacia su lado bueno.

 

El escritor Ray Loriga recuerda los días en los que las colaboraciones se tasaban a precio de oro y los ayuntamientos encargaban «bolos» sin mirar cuantos ceros caían en el talonario. «Ahora nos deben dinero a todos» nos dice con media sonrisa después de regalarnos una entrevista memorable en la que deja esta joya del inefable George Best: «Me he gastado el dinero en alcohol y en mujeres. El resto lo he derrochado.»

 

Antes el trabajo era trabajo y ahora parece que te defiendes contra los elementos. Cansado de todo el día dale que te pego, hacia las ocho salgo a dar una vuelta en la moto.  Cruzo Valmayor hacia San Lorenzo y entre El Escorial y Guadarrama conozco un camino que sube al monte Abantos. La carretera está destrozada, como si la hubieran bombardeado y tienes que ir esquivando baches de metro y medio. Pero llegas a Cuelgamuros y la vista es formidable. Estás ya en la provincia de Avila y enseguida alcanzas  Peguerinos. A la vuelta me sorprendo entrando en Parquelagos. Nunca lo había hecho. Es una urbanización perdida en el tiempo. Paro ante el lago pequeño y sucio y encuentro a una mujer mayor con un palangre artesanal pescando cangrejos. Me los enseña y son enormes. «Aquí hay mucha pesca» dice con una espléndida sonrisa. Parece sacada del fondo del lago. Me resulta tan irreal que me quedo un rato charlando con ella. Se va porque hace frío. Está entrando el verano.

 

Son días raros en los que me llega un mensaje de una amiga preguntándome que tal me va en Barcelona. Dice que se ha enterado por mi perfil en Facebook. Me quedo anonadado y entro. Es cierto. Pone que ahora estoy viviendo en Barcelona. No sé como ha podido ocurrir, pero me hace gracia y decido dejarlo así.

 

Diego me dice que tienen que vender entradas para el concierto del domingo en la sala Siroco. Le comento que seguro que no hace falta y me contesta indignado:

-Ya hombre, pero no vamos a dar un concierto para nadie.

Me quedo pensando… «No vamos a dar un concierto para nadie». Me encanta la frase. Es muy literaria.

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