Una serie de televisión bate récords de audiencia, se lleva los principales EMMY y mantiene al público, primero norteamericano y ahora español, en perpetuo estado de ansiedad. Hacía tiempo que no se veían grupos de gente en las empresas, reunidos durante el café analizando los capítulos vistos e intentando vaticinar el contenido de los que vendrán. La serie, Homeland, triunfa gracias al virtuosismo y la agresividad de su equipo de guionistas y a un grupo de actores eficaces que dan vida a personajes creíbles y absolutamente fascinantes. El argumento, para el que todavía no conozca una serie, que cada día gana en adeptos, trata de la vuelta a EEUU de un ex marine hecho prisionero ocho años antes durante la guerra de Irak. Un grupo de soldados de élite norteamericanos da con él en un búnker iraquí, en un estado lamentable y lo devuelven convertido en un aclamado héroe de guerra. Pero el ex marine, ha sido convertido al Islam durante su cautividad y un exquisito lavado de cerebro lo ha transmutado en un terrorista de Al Quaeda ahora infiltrado en pleno corazón norteamericano. Así capítulo a capítulo vamos siguiendo los siniestros movimientos del ex marine y las sospechas cada vez más ciertas que sobre él mantiene una agente de la CIA con graves problemas para mantener su equilibrio mental. Todo ello se convierte en un cóctel bestial con tramas trepidantes que mantienen al espectador atrapado en su butaca. El problema es que esta serie, magnífica, la tenemos aquí en España convertida en realidad. El presidente del gobierno, localizado hace un año en un búnker de la oposición del PP, después de años de ostracismo, vuelve a casa como un héroe y desaloja a un Zapatero letal de la Moncloa. Arrasa en las elecciones y convierte su mayoría absoluta en una máquina de legislar. Y claro, sin la necesidad de la avispada agente de la CIA, ahora sabemos que Mariano Rajoy ya no es un hombre del Partido Popular. Durante los duros años en el búnker, fue captado y aleccionado por los “hombres de negro” y ahora es un fiel servidor de la temible Angela Merkel infiltrado en pleno corazón patrio. Las dos series, la americana y la española, son muy parecidas. Hasta el punto que los guionistas de las dos parecen desquiciados: han llegado a un límite de intensidad dramática tal que ya no saben que hacer para mantener la tensión del público. Y el problema es que la única manera de conseguirlo es hacer en cada capítulo, el más difícil todavía. Rizar el rizo, sorprender, angustiar, asustar e impactar. Por eso las ruedas de prensa de Soraya, baten cada viernes índices de audiencia.