Artículo escrito en homenaje a Raúl González Blanco el 15 de Febrero de 2011, después de jugar con el Schalke 04 contra el Valencia en Liga de Campeones.
-Ese chico juega como un rufián.
El fútbol tiene una memoria endeble. Y la gente se le olvida. Pero Raúl ha protagonizado tantos momentos memorables que solo por eso tendría que permanecer por siempre en una de las páginas estelares del Guinness de los récords. Porque como tan certeramente afirmaba hace unos años el cronista de un periódico madrileño, si Raúl hubiese jugado al Golf, habría puesto contra las cuerdas a Tiger Woods a base de perseguirle por los greens; si le hubiera dado por el boxeo habría pedido turno para pegarse con Tyson una y otra vez hasta que por agotamiento le mandase a la lona; y si lo suyo fuese el atletismo habría ensayado tantas veces la manera de enredarse en las piernas de Usain Bolt que el jamaicano habría pedido árnica harto de encontrarse en las pistas a un chico moreno que siempre le miraba con el desafío entre las cejas.
Porque lo de Raúl nunca ha sido el talento. Ha sido la determinación. Su seña de identidad no ha sido la pericia, ni las condiciones físicas, ni la fuerza, ni el chut, ni el dominio del balón, ni la gracia, ni el golpeo de cabeza ni nada de nada que le haga diferente de miles de otros futbolistas de sus condiciones. No, lo suyo ha sido otra cosa. Él no se rinde. No capitula, no se somete. Eso no lo entiende, no lo conoce. Y precisamente esa virtud, que le ha permitido mantenerse como capitán en un Madrid plagado de estrellas internacionales, es la que le va a atormentar en su declive futbolístico. Por eso no ha querido quedarse en el Madrid; por eso se ha ido a un equipo gris de Alemania. Porque no quiere rendirse, porque no sabe y no lo hará nunca. Y precisamente por eso, cuando el Schalke 04 perdía en Liga de Campeones contra un Valencia crecido y superior, cuando los alemanes rendían armas y pensaban la manera de evitar acabar encajando una goleada, apareció Raúl lleno de orgullo y coraje, asaltó a los centrales españoles, corrió y peleó como un juvenil enchufado y les metió un golazo que cambió el signo del partido dejando a la gente desconcertada. Y todos comprendimos que había vuelto del frío el más grande. El hombre que grita una y otra vez al mundo que será él, sólo él, el que de el pitido que marque el final de su carrera.
