EL DERBI

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Era un derbi imposible y de ahí nacía la única oportunidad del Atlético de Madrid. Eran 14 años sin ganar, estábamos ante una final y encima se disputaba en el estadio Santiago Bernabeu. Nada, una quimera. Alguno, sobre todo los más mayores, se afanaban en recordar que el Atleti ya lo había hecho y hasta en tres ocasiones; y los que mejor memoria tenían, recordaban que la primera fue en 1960, la segunda el año siguiente, 1961 y la tercera en el 92. Las tres en el Bernabeu, las tres finales de Copa del Rey (miento, las dos primeras mencionadas respondían al nombre de Copa del Generalísimo) y las tres las ganó el Atlético. Ya, joder, pero anda que no ha llovido, decíamos todos y recordábamos lo de los 14 años sin ganar. Y ahora además con el Madrid jodido después de ser eliminado de la Champión, con la liga terminada y con la única opción de maquillar una gris temporada con el título. Y ojo, que además veníamos de, nada, hace unos días, un par de semanas, de perder contra un Madrid famélico, sin Cristiano y con los suplentes, machacado por los alemanes y que llegó desencuadernado al Calderón, como mirando a otra parte y así y todo nos ganó. En nuestro campo. Con nuestros mejores hombres.

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Pero este 17 de Mayo la gente parecía no haberse enterado. El Bernabeu era una fiesta y  los aficionados atléticos tronaban en el fondo norte del estadio haciendo que sus cánticos inundaran un estadio asombrado por la fuerza descomunal de esta hinchada singular. En cualquier caso daba igual, porque lo de la hinchada es otra historia. El público, la gente que sigue al Atlético de Madrid no tiene nada que ver; no entiende de números ni estadísticas. No sabe de posiciones en la tabla ni situaciones anímicas; no comprende lo de los favoritos ni que hay equipos con presupuestos que triplican los tuyos. No sabe nada de eso. Ni le interesa. El seguidor del Atlético de Madrid apoya, anima a muerte, respalda sin descanso, independientemente de quien sea el rival, cómo estén los jugadores, si vienen de ganar o perder, si la cita es vital de necesidad o un encuentro de trámite. No sabe nada de eso, no le interesa. Al aficionado auténtico del Atlético de Madrid le meten en un estadio donde juega, donde reconoce sus colores y se convierte en una máquina, un alarido, una sola voz de apoyo y ánimo que acabará quebrada de tanto cantar y jalear a los suyos. Por eso es muy raro que en el Calderón o a su gente se les oiga cantar el mantra ese que puso de moda Obama y que ahora tanto se repite en los estadios, sí el rollo ese de: «Sí se puede… sí se puede». Porque para el seguidor rojiblanco siempre se puede. Hay que poder siempre. Y cuando no, da igual, vuelta a empezar el domingo siguiente.

Y por eso llegaron como siempre al Bernabéu. No era una novedad. Y cuando marcó Cristiano apenas doce o trece minutos de iniciado, nada cambió, ni el griterío ni la fiesta ni los ánimos. Pero era un empeño difícil. Casi suicida. El Madrid se adelantó y jugaba con una suficiencia tan desesperante que se fueron un buen rato del partido a la espera de algún sobresalto que les obligara a pegar otro zarpazo y dejar la contienda definida. Pero el Atleti de este día venía con otra fe, con un corazón distinto. Me di cuenta cuando observé que tres jugadores salían en tromba a buscar al madridista que tenía el balón. Que corrían como posesos por el centro del campo intentado tapar la medular madridista. Que hasta el turco Turán luchaba sin desmayo, que Koke, Mario Suarez y Gabi parecían tanques incansables a la búsqueda de la presa mientras por los lados subían en tromba y bajaban desesperados los laterales, Juanfran y Filippe Luis. Aquello sonaba raro. Hasta el punto que de pronto en una salida magistral de Falcao dejó un balón de oro a Diego Costa que se envalentonó, se creyó el Romario de sus buenos tiempos y cruzó un balón que se alejó de Diego López y se abrazó a las mallas como si encontrara su refugio perfecto. Entonces ahí sí que el Madrid bufó y Ozil pegó un leñazo que casi parte un poste de Courtois, permitiendo que, sin aliento, el equipo del Cholo llegara a un descanso impredecible.

Algo les dijo Simeone en el descanso, pero no fue suficiente. Porque el Madrid volvió a salir con rabia. La que te da que el menor de la familia te levante la mano, que el débil responda a tus provocaciones. Bueno, aquello era intolerable, y encima en tu casa ante tu gente. Bastante era tener que aguantar a esa caterva de enloquecidos cantando en tu geta y callando al sobrio espectador madridista. Joder como debe molar que te animen así, rumiaban los futbolistas del madrid mientras devoraban millas de césped y mordían un balón que era rechazado una y otra vez por las manos del portero belga convertido en una especie de ángel de la guardia ante la perplejidad de un Casillas guardado a perpetuidad por Mourinho en las profundidades del banquillo. Y el Atlético aguantaba, guiado por la fe de ver que otros dos balones daban en el poste, que su portería era como un páramo que no quería visitantes. Y hasta se animó en la recta final y se lanzó a por tres corners que no sirvieron de nada pero ejercieron de corneta para avisar que llegaba el séptimo de caballería procedente del Manzanares para acabar con 14 años de desconsuelo.

En la prórroga apareció un tal Miranda y cabeceó un pase de Koke en las barbas de Diego López marcando el gol definitivo. Aquello fue el inicio de la tercera guerra mundial. Todo valió entonces para aguantar ese resultado. Luchar a muerte, hacer faltas, perder tiempo, caer desplomados por un amago de patada, desquiciar a Cristiano, montar una tangana con el idiota de Mourinho y jugar, jugar a muerte, pelear enloquecido en busca de un sueño que podría explotar de un plumazo si el enemigo conseguía perforar tu portería. Un gol del Madrid habría aniquilado a un equipo sujeto ya por un alambre tan fino que por unos momentos la afición enmudeció sorprendida por las agallas de sus futbolistas, por el coraje de un entrenador que vino a España a redimir a un equipo atado al sambenito del pupas. Y cuando ya no quedaba una gota de aliento, cuando las gargantas hacía tiempo que habían perdido el vigor después de una noche toledana, cuando miles se frotaban los ojos incrédulos de ver lo que parecía una ilusión inalcanzable, de pronto el árbitro se llevó el silbato a la boca y durante décimas de segundo, antes de estallar en la alegría inmensa del premio inesperado, todos los atléticos nos miramos confundidos, asombrados, aturdidos, y comprendimos que una época larguísima de oscuridad y vergüenza, que catorce años de humillaciones y burlas, había terminado por fin. Que la vergüenza era de otros y que el orgullo, la alegría inmensa y la profunda satisfacción ya era patrimonio de los que siempre perdían, de los que no son poderosos ni tienen la plantilla repleta de los  grandes futbolistas del planeta. Porque la victoria no valía por dos, valía por mil al convertirse en una lección de coraje y perseverancia que miles de niños que solo habían oído contar las glorias de un equipo varado a perpetuidad en sus desdichas, se llevaban a sus casas para siempre, para tener esa historia que todos queremos contar de que, cuando nadie daba nada por ellos, hubo un grupo que pudo doblegar al destino y cambiar el curso de la historia. Por fin ese grupo sí pudo, como su afición le venía repitiendo desde hace tantos y tantos años.

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