
-Se acabó!!
Aquello sonó como un trueno en el domicilio de los Aznar-Botella, hasta el punto que a la mujer de la limpieza se le cayó de las manos un jarrón chino traído de uno de los viajes del ex presidente. Ana Botella salió trotando de la habitación y corrió despavorida hacia el baño desde donde había salido el improperio. Cuando entró se encontró a José María Aznar vestido exclusivamente con camiseta de tirantes blanca y calzoncillo Ocean mirándose fijo al espejo con los puños apretados.
-¡Jose,Jose! -gritó Ana Botella, -¿qué te pasa, cariño?
Pero él no contestó. Se dio la vuelta, sacó a la mujer del baño y pegó un portazo para quedarse solo y empezar a afeitarse. La decisión estaba tomada, no había vuelta atrás.
Esa mañana le notó raro Bernardino cuando empezaron a hacer series. Le vio desencajado. Habían estado trotando, como siempre, 45 minutos y luego el entrenador le puso varias series de dos mil metros para que su pupilo se desfogase. Y aquello no era desfogarse, era correr como una bestia. Parecía un olímpico, un chaval de 20 años entrenado para la competición. Aznar corría sin darse tregua, sin parar, desquiciado, obsesionado, sumido en sus negros pensamientos. Bernardino Lombao no daba crédito y mantenía el cronómetro en su mano derecha asombrado, registrando tiempos insólitos para un hombre de la edad de su entrenado. Cuando acabó el entrenamiento, fue a felicitarle y al decirle que, por primera vez, había obtenido registros asombrosos, el otro le cogió la toalla y murmuró:
-Que te calles.
Y se largó con viento fresco.
Luego no saludó a nadie cuando entró en su despacho de FAES. No quiso el café de su secretaria, canceló todas las reuniones, se hizo subir un almuerzo ligero, eso sí, traído de Casa Esteban, y pasó la tarde igualmente encerrado. No fue hasta las ocho y media cuando le vieron salir, serio, sereno, bien trajeado, repeinado, cabizbajo y portando el fusil en su mano derecha. Ante la sorpresa de su secretaria mirándole de hito en hito, el ex presidente del gobierno, el presidente de honor del Partido Popular, la miró por primera vez en todo el día, ejecutó algo así como un guiño extraño y la dijo susurrando:
-Me tiro al monte.
Y se tiró. Aquella noche José María Aznar cogió su fusil y se tiró al monte. Antes pasó por Antena 3 Televisión donde le esperaban Gloria Lomana, Victoria Prego y Francisco Maruenda. Escuchó impasible el breve resumen de noticias que dió Matías Prats, soportó sin inmutarse las labores de la maquilladora, se dejó poner el micrófono y en cuanto pudo se lanzó al ataque sin rodeos, restalló la ira incontenida, se levantó y pegó un puñetazo en la mesa imaginaria del tal calibre, que sonó a un golpe de Estado, que pareció que el caballo de Pavía volvía por sus fueros para entrar en el Congreso y liarse a espadazos con sus señorías. Aquella noche Aznar cargó contra todos.
Empezó con el Grupo PRISA del que aseguró que solo le preocupa que la quiebra le impida pagar el dinero a que será condenado por las infamias y mentiras lanzadas contra él y su familia. Recordó que ha vendido su televisión a un Berlusconi condenado, olvidando que fue invitado de honor en la boda de su hija Ana. ¿Como es posible -dijo indignado -que alguien pueda poner en tela de juicio los regalos que los amigos hacen a los contrayentes de una boda?, rugió ante las denuncias de que toda la iluminación de la boda la hizo la empresa del líder encarcelado por la trama Gurtel.
Repartió furibundo contra su sucesor. Pidió una bajada de impuestos, una reforma fiscal en toda regla, la protección de las clases medias, se negó a pronunciar el nombre de Cristobal Montoro, pero le recordó en sus gobiernos como feliz partícipe de la estrategia aznarista. Pegó y mordió a Mariano al que tachó de pusilánime; exigió el cumplimiento del programa electoral, clamó por la recuperación de un prestigio perdido en el mundo; aulló contra los traidores, arrambló con todo y con todos; dictaminó, acusó, emplazó, criticó y anunció que sí, que se tiraba al monte, que dejaba su vida privilegiada de conferenciante y consejero de lujo de algunas grandes corporaciones; que cambiaba aviones por trincheras y que lo hacía porque así lo dictaba su conciencia y por responsabilidad con España. ¡Viva España! le faltó gritar cuando salía del un plató lleno de vísceras y restos de sangre. Y corrió por los pasillos, perseguido por fotógrafos y directivos de Antena 3 que intentaban asumir lo que acababa de ocurrir mientras calculaban felices los beneficios al share de esa noche, los titulares de la prensa y la posibilidad de repetir íntegramente la entrevista al día siguiente.
Pero nadie pudo alcanzarle. Porque bien entrenado por Bernardino, Aznar corría ya por Alcobendas. Cruzó San Sebastian de los Reyes y la última vez que lo vieron atravesaba Fuencarral en dirección a los Montes del Pardo. Y ya no se ha vuelto a saber nada más de él. Dicen que está organizando guerrillas en la sierra, que cada noche cambia de sitio donde tumbarse a descansar; que se le ha visto por el Monte de Abantos y rezando en El Paular tras dormir en
Rascafría. Dicen que la revolución está en marcha, que no puede haber vuelta atrás. Y lo que más llama la atención, lo más sorprendente de todo, es que un ávido reportero de La Razón, que consiguió seguirle y verle de lejos, asegura que el ex presidente va vestido todo de verde, con botas militares y que se ha dejado una barba rala e inexpresiva que recuerda a la que lucía Fidel Castro en Sierra Maestra.

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