Anoche estuve viendo en el Bellas Artes la obra «Poder Absoluto«. El texto es de Roger Peña i Carulla y el reparto está formado por los actores Emilio Gutierrez Caba y Eduard Farelo. La obra, calificada de «thriller político», es la historia de un veterano político (Gutiérrez Caba) de pasado oscuro, a punto de presentarse a las elecciones para la presidencia del gobierno. Consciente de que se prepara contra él una campaña de difamación, busca la ayuda, el respaldo, de un joven y ambicioso político de su partido dispuesto a todo para medrar en el mismo.
Bueno, lo primero que hay que decir es que los actores son dos colosos. De Gutierrez Caba poco hay que comentar, sus años y sus éxitos le avalan, pero sí me sorprendió Eduard Farelo del cual desconocía todo menos la voz. Se trata de un prestigioso actor de doblaje al que hemos escuchado numerosas veces en películas o series de televisión. Tiene una forma de hablar muy peculiar, rotunda y áspera y suele dar voz a actores con fuerte personalidad. Al hombre no le había visto actuar, por lo menos no le recordaba y la verdad es que le da la réplica al gran Gutierrez Caba con una solvencia asombrosa. Los dos están magníficos en una obra cuyo texto me ha parecido excesivamente pretencioso.
Tampoco conozco al autor del libreto, pero no creo yo, pensaba viendo la obra, que para hacer un texto en el que se ponga de referencia la crudeza de una forma de hacer política despiadada y cínica, que para hablar de corrupción y actuaciones inmorales, haya que sacar del armario a los nazis, Hitler, los judíos y demás fantasmas. No creo yo que para retratar a políticos sin escrúpulos, especuladores, mafiosos y delincuentes haya que convertir a uno de ellos en un posible asesino. La verdad es que me pareció una historia un tanto exagerada y poco creíble, sujeta exclusivamente por el extraordinario hacer de dos actores formidables que aguantan casi hora y media en escena sin que en ningún momento les pierdas de vista.
Recientemente también estuve viendo «Deseo«, un texto correcto de Miguel del Arco excelentemente representada por cuatro estupendos actores: Enma Suarez, Gonzalo de Castro, Luis Merlo y Belén López. El teatro Cofidis estaba a reventar y, la verdad, la más que acertada interpretación de los cuatro mejora y mucho el texto, ya digo que correcto, justito para mi gusto, de del Arco. Hay algunas buenas escenas y demasiadas que sobran, muchas parecen cogidas con pinzas, dejando al personal con la sensación de haberte quedado a falta de algo, de emoción, de intención, de contenido, de magia. 
También me dejé caer por el Fernando Fernán Gómez, de la Plaza de Colón a ver al gran Guillermo Montesinos en la obra «Ceniza» de José Pascual Abellán, y dirigida por Lluis Elías. A Montesinos le da la réplica un correcto Antonio Campos. Sin más. Es una pena que un actor como Guillermo Montesinos, poniendo toda su sabiduría y buen hacer, no consiga sacar más jugo a un libreto imposible. Soso, deslabazado y con escasa intención, se pierde en laberintos sentimentales que no llevan a ningún lado mientras aparecen, sin venir a cuento, explosiones emocionales que los actores salvan con su profesionalidad, pero que al público le dejan un tanto frío, por no decir sorprendido. Solamente Guillermo es capaz de levantar el muermo con su gracia y su carisma de actor eterno.
Y entonces te preguntas: ¿cómo es posible que no haya textos teatrales mejores? Teniendo los actores que hay en España, realmente algunos, muchos, fabulosos, ¿por qué tienen que estar tarde tras tarde representando obras de relativa categoría? Y la respuesta es muy simple. Porque es dificilísimo. Porque el teatro es otra cosa. Porque allí no hay defensas, ni atajos ni posibilidad de esconderse. Solo los actores y el texto. Y por muy buenos que sean los actores que, afortunadamente lo son, si el texto no llega la obra cojea. Y las obras, muchas, la mayoría, cojean.
¿No te has preguntado alguna vez, cómo es posible que tantos siglos después se sigan representando una y otra vez obras de Shakespeare, Lope de Vega, Calderón de la Barca, etc,? Pues eso, porque eran auténticos genios que compusieron obras de arte absolutamente magistrales que siguen de actualidad cuatrocientos, quinientos años después.
Porque lo que se demuestra obra a obra, teatro a teatro, libreto a libreto es que, desde luego, si hay algo que no debe ser fácil es escribir como Oscar Wilde.
