Uno tiene como referencia la película «La ley de la calle» (Rumble Fish) de Francis Ford Cóppola, esa extravagante producción en blanco y negro (con los peces en color, claro) premiada en el 83 con la Concha de Oro en el Festival de San Sebastián.
Rara, película extraña con un estupendo reparto: el dinámico Matt Dillon y un fascinante Mickey Rourke haciendo «del chico de la moto» en una actuación memorable en la que no hace nada más que estar; no pronuncia más que
susurros y alguna que otra sentencia, pero eso sí, se queda y mira y se apoya y anda componiendo el personaje de un formidable y carismático príncipe de las calles.
Y está el tema de la moto. La moto de Rourke pasará a la historia de las grandes custom, como le ha pasado a la célebre triumph con la que steve mcqueen salta perseguido por los nazis en La Gran Evasión o la que conduce Brad Pitt cuando Benjamin Button todavía no se ha hecho tan pequeño como para no poder llevarla. Motos para el recuerdo, motos cinematográficas.
El otro día arranqué la moto después de un invierno helador y una primavera en la que ha llovido tanto que parecía que en cualquier momento llegaría el Arca con Noé a decapitar a Rajoy y a rescatarnos. Estaba tan fascinado que no me puse la chupa y como para darme la enhorabuena empezó a llover recordándome que el aire en una moto no entiende de gestos y despistes. Pero daba igual. Estaba en la moto, en mi pequeña motillo dando una vuelta, por la sierra, entre los pueblos. Como tantas veces.
Me dicen que están reponiendo de madrugada en la tele «Madrid en moto». Que buen programa. Más que por la calidad, por lo mucho que disfrutamos los que lo hacíamos.

