JOSÉ MERCÉ

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Tiene los ojos azules José Mercé. Gitano rubio del barrio de Santiago de Jerez de la Frontera. Listo y amable, se cuida como un artista total que sabe que la fama hay que pelearla cada día, trabajando la voz y el contacto con los suyos, los que le quieren y aprecian, el público que le va a ver.

-Lo que más me llama la atención -dice hablando bajito como para no cansar a esa voz portentosa que guarda para sus conciertos -es lo respetuosa que es la gente por esos países como Francia, Holanda o Bélgica. Te escuchan cantes difíciles y lo hacen como hipnotizados y luego vienen al camerino y te preguntan con un interés enorme. Me quedo pasmado. A veces me da la sensación de que aprecian más la cultura flamenca que en nuestro propio país. Aquí, muchas veces, los auténticos enemigos del flamenco, son la gente del flamenco. Fíjate que cuando fui candidato al Príncipe de Asturias de las Artes, los que más se opusieron fueron los de la Agencia del Flamenco de Andalucía.

Come despacio José Mercé en «Casa Juan», mientras atiende una llamada telefónica del «Tomate». Se ríe a carcajadas feliz con su compadre con el que se cita para el día siguiente.

-Mañana vamos a comer. Que tenemos una peña. A mí lo que más me gusta del mundo, más que la juerga, más que comer y beber, es jugar al mus. Yo jugando al mus, con mi cafecito y un paquete de tabaco soy feliz.

Saluda a todo el mundo el cantaor. Se levanta de la mesa y se hace fotos, riendo y abrazándose con todos. No le cansa el fotógrafo que le pide que se levante y se apoye, que sonría y vuelva a cambiar de postura; que se quede quieto, que mire aquí y allá y Mercé le sigue el juego,  profesional impecable de la promoción, de su arte que custodia con detalle. Con su melena negra y esa boca grande de dientes poderosos, va desgranando anécdotas de su vida, acordándose de su viejo compadre «Camarón» con el que tantos sinsabores compartió hasta que los dos se hicieron famosos. Pero a «Camarón» luego le atacó la droga canalla y  se lo llevó a los infiernos.

-Y hubo un momento que no quería ya ni cantar. Ni moverse, ni ná. Pero mira como era que yo un día cruzaba por delante del camerino y al verle como dormido, aletargado,  pasé de largo. Y entonces el «Camarón» alertó al «Tomate» y le dijo: «Mira a ver qué tiene  José que ha pasado por aquí y no ha querido saludarme».

Lo cuenta con un cariño enorme, Mercé. Igual que el respeto que desprende por los flamencos antiguos. Por su gente, por su barrio de Jerez, por el Albaicín de Granada, por Morente y por ese arte que quiere que llegue a los jóvenes, a los que no son flamencos, a las ciudades y pueblos alejados de Andalucía. Porque Mercé defiende la universalidad de su arte y su cultura y la promociona y exporta como nadie. Listo gitano rubio que va y viene de un lado a otro, de una presentación a un vídeo, del programa de la tele al palco del Madrid, de la rueda de prensa, al concierto y del avión a su casa de Pozuelo donde recibe a sus nietos y se juega la partidita siempre con ese café eterno que desafía las horas. Porque José no bebe, no le gusta.

-Y cuando se maman me largo, porque entonces me aburro.

Y se ríe a carcajadas este hombre entrañable, artista eterno, madridista hasta la médula, amigo de sus amigos y buena gente. No se da importancia Mercé, no se siente consagrado y no te hace ni caso cuando le dices que ahora, sin duda, es el más grande. Porque él va poco a poco, despacito, acudiendo cumplidor a todas partes, cantando por todo el mundo, cuidando los detalles, pendiente de  llenar las salas. Templado en su jersey rojo, ha comido con mesura pero quiere acabar con una cuajada con miel. Y entonces hace un alto en su charla enorme de anécdotas, digna de un museo como el Prado, y coge del brazo a la pequeña camarera asiática para decirle al oído:

-Niña como está la cuajada. ¿La hacéis vosotros o te la mandan? Porque me tienes que decir de dónde.

Y la niña se escurre avergonzada a ver si se encuentra con Juan y le dice el origen de la cuajada. Para entonces el maestro ha vuelto a aquel corral de una madrugada lenta, al que llegó una noche del brazo del «Camarón» a ver si a los dos, hambrientos, desconocidos, dos niños, les daba alguien de comer un bocadillo para achicar el hambre de la noche. De una noche fría en la ciudad de Madrid que todavía no se enteraba de que habían llegado dos genios.

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