Cuando Christine Lagarde entró en la sala donde se estaba celebrando la reunión de los ministros de finanzas del euro, notó que la falda le apretaba en la cintura. Comprendió irritada que estaba ganando peso, miró con desprecio al ministro chipriota de economía y aquel momento cambió la historia de Europa.
Desde luego el pañuelo verde le quedaba impecable alrededor de su cuello de cisne. Los taconazos le hacían parecer todavía más alta, pero lo que era intolerable era la falda, la maldita falda de los cojones. Mira que se la había comprado en la tienda aquella de Milán, tan ajustadita tan ajustadita que la hacía un tipo de niña pero que al mínimo gramo de exceso estaría apunto de estallarla. Y aquel viernes 15 de Marzo, ¡encima viernes! fue la confirmación de que aquellos bombones que le había mandado el cabrón de Schäuble, no eran un regalo sino una trampa. Y ahora la falda a tomar por el culo. Y así, muerta de rabia y de violencia se sentó entre sus colaboradores y los ministros para ver qué coño hacían con los payasos de Chipre que ahora, como no, pedían dinero a Europa y al Fondo Monetario Internacional mientras llevaban ni se sabe cuanto tiempo dorándole la píldora a los gansters rusos que utilizaban la pequeña isla para blanquear dinero.
De nuevo se acercó a ella, con sonrisa zalamera, el tal Michael Sarris, el de economía de Chipre. El tipo se pensaba que porque se habían tomado juntos un copazo aquella noche en Nicosia, había algo entre ellos que le permitía abordarla con un tono de cercanía que ella no estaba dispuesta a aceptar.
-¡Quédate sentado Sarris! – le dijo Christine sin levantar la mirada de su portafolios. Y joder lo que le apretaba la falda. Estaba a punto de estallar la cremallera y se la llevaban los demonios. Doscientos euros se había dejado y eso que los de Dior le habían hecho el cincuenta por ciento por ser vos quien sois. Entonces, tras unos minutos de tenso silencio levantó la mirada de hiena, observó a los ministros de economía de los países del Euro (qué feo era el jodido español, el de Guindos) y se posó con complacencia en el borde de las gafas de acero de su amigo Wolfgang, malditos bombones del cabrón paralítico Schäuble, el jefe de las finanzas alemanas con el que de un movimiento de ceja acordó la estrategia a seguir para terminar con la crisis chipriota. Se levantó, más que nada para evitar que le estallara la falda y sobre todo para poder respirar, y dijo:
-Se acabó lo que se daba. La mitad del rescate lo pagáis vosotros, los de Chipre.
A Michael Sarris se le heló la sonrisa e intentó levantarse.
-¡Siéntate Michel! –gritó Lagarde. Y acto seguido miró desafiante a todos los ministros.
-Se acabó –les dijo señalándoles con el dedo índice. –Ni el Fondo Monetario Internacional que dirijo, ni la Comisión Europea, ni el Banco Central ni hostias. Se acabaron los desparrames, la dolce vita o como quieran llamarlo. A partir de ahora tiraremos con los depósitos de los nacionales. El país intervenido, utiliza a los bancos para pegar una quita del diez por ciento. Y el que tenga más que más ponga. Pero aquí pagamos todos. Y ya verás que rápido se acaba toda la tontería.
-Pero esto es intolerable! – tronó Pierre Moscovici, ministro de finanzas francés. –Mi país no va a tolerar que salte por los aires el sagrado respeto a los depósitos bancarios. Los cien mil euros de los pequeños ahorradores están plenamente garantizados. Es uno de los derechos inviolables de los ciudadanos europeos.
-¿Quién dice eso? –susurró desde su silla de ruedas el alemán Schäuble. –Déjese de brindis al sol mi querido amigo. O pagan ellos o pagamos nosotros. Y mientras tanto los rusos campando a sus anchas y brindando con vozka. Oiga yo no estoy dispuesto y mi querida Angela tampoco. Tendría usted que oírla. Ha dado tantas hostias encima de la mesa que la han tenido que cambiarla porque la había agrietado. Como dice mi querida Christine, esto se ha acabado. Y va también por ti, querido Luis. Ya está bien. O hacéis los deberes como os hemos dicho, o el siguiente rescate lo pagan los ahorradores. Y a tomar por el culo. Sarris, amiguito, ahora vosotros veréis. Si os parece mucho que pague la gente el diez por ciento de sus ahorros, vosotros mismos. A mí me toca los cojones que unos paguen solo el 3 o el 5 por ciento y que los ricos aporten más. Pero queremos encima de la mesa mínimo cinco mil millones de pavos. Si no no hay rescate y que os den por el culo.
-Pero, pero –tartamudeó Sarris, el responsable de economía Chipriota. Miró a su amiga Christine Lagarde con la que había coqueteado abiertamente aquella noche canalla en Nicosia, pero esta le devolvió furibunda la mirada. La verdad es que la notó algo más gordita que la última vez que la vio.
-Se acabó –ladró Christine echando la melena al viento. –Wolfgang se va a reunir en solitario con Moscovici y los representantes de la troika (Comisión, BCE y FMI) y vamos a cocer la decisiones fundamentales. Los demás ahí quietos. Y el que quiera filtrar a sus amiguitos de la prensa que filtre lo que le dé la gana. Pero aquí se ha acabado lo que se daba. A partir de ahora los depósitos de la gente son nuestros. Y dejar de tocar los cojones. ¿Alguna pregunta Luisito? Que te veo cara de circunstancias. Seguro que les filtras a tus españoles ahora lo malos que somos los del fondo y el eurogrupo. Vale, como quieras, pero ten cuidado con el titular. ¿Se te ha ocurrido ya alguno?
De Guindos se removió inquieto en la silla. Se puso colorado mientras todos le miraban, pero decidió que ya estaba bien de tanto mandar, de tanto mamoneo. Se quitó las gafas lentamente. Suspiró, se puso todo lo serio que pudo y mirando largamente a la directora general del Fondo Monetario Internacional escupió entre los dientes:
-¿Qué le parece mi querida Christine Lagarde, “Manos arriba”?
Y en ese momento en la sala de reuniones restalló un sonido inconfundible. La cremallera de la falda de la directora general reventó de manera fulminante y el destino de la Vieja Europa quedó sellado para siempre.

