UNA PROPOSICIÓN INDECENTE

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A Mariano Rajoy le gusta el ciclismo. Le relaja. Se deja llevar por la cadencia del pedaleo sostenido del ciclista y en muchas ocasiones, ese trasteo hipnótico le amodorra, le invita al sueño. Y lo mejor de todo es que en esos momentos no piensa.  Se limita a mirar el esfuerzo de los deportistas, a observar las inflamadas piernas, los rostros desencajados, la mirada fija en la siguiente curva del puerto, los dedos como garfios en torno  al manillar, la sudoración, la angustia, el heroísmo. Y todo ese espectáculo le hace evadirse de su propia realidad. Y por eso, cuentan,  cuando se enteró de que la lideresa se ofrecía para capitanear la tan necesaria regeneración democrática, primero le dio hipo, así de repente,  e inmediatamente después,  se lanzó hacia su despacho, no para tomar el teléfono y rugir a Maria Dolores de Cospedal, no para escribir algún mail destemplado para alguno de sus colaboradores o para organizar una reunión de urgencia, sino para arrodillarse frente a la videoteca y sacar el Tour del 87, la primera victoria de un ciclista irlandés, uno de sus héroes, Stephen Roche. La puso en la tele, se encendió un puro y consiguió calmar la taquicardia.

Porque ella había vuelto. La misma que se había ido, la que con lágrimas en los ojos se despidió de la presidencia de la Comunidad de Madrid; la que dejaba la primera línea política para integrarse como funcionaria en el sector del turismo; la que fue fichada por un cazatalentos catalán, demostrando que su paso al sector privado era ya un hecho y no una intención por mucho que mantuviera, casi de forma testimonial, la presidencia del partido en la región de Madrid. Pues en medio de la peor crisis que asolaba a su formación política, cuando todos se miraban intrigados sin saber cómo reaccionar y sobre todo cómo no hacer ruido en un momento de bochorno insostenible; cuando las miradas se dirigían hacia el líder y sus desmentidos; cuando el canto unánime de prietas las filas se extendía entre los afiliados, cargos intermedios y dirigentes regionales y nacionales, entonces, en ese momento de desconcierto, saltó ella al centro del escenario y se ofreció como redentora. Primero dio unos cuantos mandobles en la ejecutiva madrileña: desnortó a la ya de por sí perdida alcaldesa, acusó a la temblorosa secretaria general, dio un codazo a la izquierda, otro a la derecha, cogió el micrófono, cabeceó para echar la melena al viento y dijo aquello de: aquí estoy yo y si queréis contar conmigo para regenerar el patio, aquí me tenéis. Y lo más increíble de todo, lo que ha dejado a su partido y al país patidifuso, es que lo dice la misma que presidió un gobierno en el que uno de sus principales consejeros, el hombre que organizaba sus actos electorales, formaba parte de una de las tramas de corrupción más formidables que en este país se haya visto; que alcaldes de su comunidad autónoma, tuvieron que salir de naja con el rabo entre las piernas acusados, imputados y perseguidos por la justicia. La misma que presidió un gobierno investigado por la sospecha de que ordenó espiar a compañeros de partido. La misma que canta y baila, que se pone un batín o juega a los bolos descalza. Que quiere estar en todo y sobre todos y que lleva tanto tiempo intentándose zampar un bollo llamado Rajoy,  que no solo ha convertido al presidente en un experto mundial de ciclismo,  sino que este ha pedido un pase personal para que Eufemiano Fuentes visite asiduamente la Moncloa para suministrarle las necesarias dosis de autoayuda.

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