ESCRACHES

congreso 2

Llamó a su marido por teléfono. Inquieta.

-Oye que aquí no han venido.

-¿¿Quée??

-Que no han venido.

-Joder, ¿pero tú has mirado bien?, ¿no se habrán puesto en la entrada de atrás?

-Que no Manolo, que no han venido.

-La puta!

Y colgó el teléfono.

Se ajustó la corbata nervioso, sin tener claro a quien llamar. Le habían asegurado que irían a su casa, que le harían “escrache”(americanismo utilizado para referirse a las manifestaciones que se convocan frente al domicilio de personajes públicos para reprobar su comportamiento o su actuación política o social). Pero no había manera. Volvió a mirar el periódico. A Cristina Cifuentes la estaban sacando por todos lados después de comparar a los de las hipotecas con los batasunos. Qué lista, la cabrona, pensó. Ella fue la que prácticamente inauguró los escraches, el día aquel que salió a ver una manifestación y atrajo al populacho hasta las cercanías de su domicilio. Y casi la zarandean. Claro, así iba subiendo puntos. Estaba escalando puestos y ya veríamos si no acababa de candidata en Ayuntamiento o Comunidad. Joder, había que moverse, moverse rápido porque el propio Rajoy se había referido al tema desde París, después de verse con Hollande. Le preguntaron en la rueda de prensa y se puso de lo más tieso para decir aquello de que el movimiento ese de protesta era “profundamente antidemocrático y que sin respeto, España se convertiría en un país inivivible”. Bueno, aquello fue lo más. Si Rajoy hablaba del asunto, aquí el que no sufriera escrache no era nadie. Así que temblando de miedo, pulsó los números internos de Génova y llamó a su elefante blanco.

Contestó una voz profunda, serena.

-Hombre, Manolo, dime.

-Javier, mira que no han venido. Que me ha llamado Marisa desde casa y que nada, que no han venido los de las hipotecas. Hostia, tú me habías prometido que…

-Tranquilo, Manolo, tranquilo –cortó el hombre de la voz profunda y andaluza. –Si yo te he dicho que van, irán. Que lo tengo controlado. Será esta tarde o mañana por la mañana. Pero estate tranquilo hombre que mi contacto en la PAH (Plataforma de afectados por la hipoteca) me ha asegurado que van a ir a casa de casi todos.

-Ya, pero fíjate si te quedas fuera. Mira lo rápido que ha estado Basagoiti diciendo eso de que los tipos estos protestan de forma clavadita a como lo hacían los del mundo de ETA. Ya debe de tener a un montón de ellos en la puerta de su casa con pancartas y toda la parafernalia.

-Si, ya lo he visto, ya lo he visto. Anda que no es espabilao ni nada Antoñito. Le voy a tener que dar un toque.

-Joder, Javier, es que aquí el que no corre vuela. Y después de lo que ha dicho el presidente.

-Que sí, que sí, Manolo, que todos estamos en lo mismo.

-Además tú me aseguraste que a mi casa vendría la propia Ada Colau…

-Uff, eso va a estar más difícil. Desde que salió la sentencia de las hipotecas del Tribunal de Justicia de la Unión Europea, la Colau está más cara que la hostia. Y ya no te creas, que no sale tanto. Mira, de todas formas tú haz una cosa. Esta tarde en el congreso, llamas a unos cuantos chicos de la prensa y cuando estés bien rodeado, uno que yo me sé te hará la pregunta adecuada. Y tú lanzas eso de que la PAH está en connivencia con grupos filoetarras. Eso no falla. Y mañana los tienes ahí.

-Joder pero es que eso ya lo dijo la Cifuentes.

El hombre de la voz profunda resopló al otro lado del teléfono. Hastiado.

-Bueno Manolo, pues invéntate algo. Qué cojones. Pero mídete ¿eh? Mídete Manolo.

-Vale, vale si yo solo quiero que vengan a casa.

-Que irán, que irán.

-¡Y con foto!

-Que sí hostias que ya está llamado el fotógrafo del partido.

-Es que tú sabes. Bastante daño me ha hecho no salir en los papeles de Bárcenas. Como allí estáis todos. Y claro, Cristina  se ha inventado lo de los filoetarras y ya está en primera fila la cabrona.

-Adios Manolo que tengo mucho que hacer.

Y el hombre de la voz profunda colgó. Dudó un segundo y marcó un teléfono con el prefijo de Sevilla.

Descolgó una mujer.

-¿Alguna novedad?

-Pues ahora te iba a llamar. Parece que empieza a haber movimiento. Han llegado tres. Y uno de ellos con megáfono.

Colgó contrariado. Le habían costado una pasta y no parece que arrastraran a nadie. Y el cabrón del megáfono le pidió el doble.

Maldito escrache.

Miró resignado por la ventana de su despacho en la calle Génova.

¿Qué sería lo siguiente?

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